fbpx

Por mis pelos me comunico con el mundo

Todos los días. Todos. ¿Cómo empiezo? Por los vellos que me parecen más graves, que son los de la barbilla. Me depilo en orden de mayor espanto: los del bigote son inaceptables, pero los de la barbilla –que además suelen ser más negros y gruesos– lo son todavía más. Empiezo por ahí, después me ocupo del bigote –duele mucho arrancar los finos vellos del filtrum, aquel surco entre el labio y la nariz– y los vellos de las comisuras, donde se engrosan.

En este ensayo, Lilián López Camberos retrata de manera íntima y profunda la genealogía de la depilación mezclando su propia experiencia, y se pregunta cuál es el sentido de la labor –repetitiva, costosa e invisible– de mantener la piel libre de pelos.

Sentadas rodilla contra rodilla en el rincón donde nos comíamos el lunch a la hora del recreo, una amiga de la escuela primaria, que tenía los ojos verdes, la piel muy blanca y lampiña, me retó a que enumerara sus defectos. No recuerdo qué dije (¿dije alguno?), pero cuando ella tomó la palabra para señalar los míos, su juicio fue fulminante: tus cejas.
Era la primera vez que yo tomaba conciencia de los greñudos torbellinos que anidaban por encima de mis ojos y que, al parecer, me arruinaban. Mis cejas eran gruesas, toscas, su negro ramaje se esparcía a lo largo del párpado fijo hasta la cuenca del ojo y, sobre el arco de mi nariz, las unía un puente colgante de pelos brotados sin orden ni concierto, volviéndolas una sola gran uniceja. Como Adán y Eva, que se vieron desnudos y tuvieron vergüenza, los pelos supernumerarios fueron revelados por la mirada ajena que, por asalto, entraba en mí como la imagen duplicada de un espejo. Yo me miraba en esta mirada que me inspeccionaba y tasaba, y así empezó la vergüenza. Los embates de la adolescencia me dejaron toda clase de secuelas a nivel epidérmico, pero la cejota persistía como defecto original y más notorio. Era fea: las fotos, cuando se materializaban días o semanas después, lo demostraban. Cejas de hombre. En mi fuero interno deseaba tener cejas delgadas con la misma fuerza agotadora y obsesiva con la que suele desearse un cuerpo delgado, una piel distinta, un rasgo nuevo que sustituya a otro, percibido del lado de la fealdad.
Mi madre, armada con su eterna pinza, tomó el asunto en sus manos en el año 1999, cuando yo cursaba el segundo año de secundaria. Me recostó en su regazo una tarde que entraba mucho sol por la ventana, y al contacto familiar y agradable lo siguieron el dolor de los tirones y la visión graciosa de su cara deformada por la concentración. Ella, que inició su vida de auto-depilado en los overplucked años setenta, ya entonces tenía las cejas desvanecidas y fantasmales, pero no renunciaba (y no renuncia) a la práctica de sacarse los pelos que le son indeseables. Su mano experta laboró con velocidad y eficacia: en menos de lo que dura un crepúsculo trazó un arco y extrajo todos los pelos por fuera de él, hasta los más recónditos y enquistados; y luego, como una coda, delineó lo que llaman “punto de altura”, el ángulo más pronunciado de una ceja. Los párpados me quedaron rojos y en carne viva, pero al encontrarme en el espejo, tuve la impresión de que me habían limpiado unas tachaduras de la mirada.
Al día siguiente, entré al salón de clases con el mismo nerviosismo que había sentido un año atrás, cuando me aparecí en la otra escuela con el pelo muy cortito y retacado de broches para disimularlo. Me lo había cortado en las vacaciones porque admiraba el peinado de una muchacha que cursaba en algún grado superior al mío –un honguito noventero– y con ansias de cambio o de mejora, lo quise igual. Pero aquel estilo era incompatible con mi pelo rizado (mi pelo chino, o mis chinos, como decimos en México) y encrespado. Además era de hombre, según mi tía Lupe. El consenso fue que me veía mejor antes y que había cometido un error al cortarlo de esa manera. La única solución era el tiempo: esperar a que el pelo, tan vivo y lento como una planta, creciera.
Mis nuevas cejas, en cambio, me gustaban. Habían sido domadas, habían pasado de la vergüenza a la belleza, como el patito feo que crece para convertirse en un cisne espléndido. Pero nadie notó el cambio, nadie se dio cuenta de nada, nadie se da cuenta nunca de nada.

Aquí estoy, veinte años después del procedimiento cero. Me he depilado las cejas casi todos los días de esos veinte años, ¿cuántas unidades de mil hay en esa suma interminable de días? Me miro al espejo. Sometidas a mantenimiento constante aunque desatendidas por temporadas, reducidas a su mínima expresión en más de una ocasión y cercanas a su estado original solo en circunstancias excepcionales, mis cejas formaron una personalidad propia y me la transfirieron. Se volvieron el rasgo más característico de mi rostro y, con frecuencia, el más adulado. Tus cejas pobladas. Hoy, que no me depilé, ya tengo pelos en el puente de la nariz. Acerco el espejo. Acá abajo también tengo bigote. Y pelos en la nariz. Me examino con detenimiento. Tengo vellos en la barbilla, y en la mandíbula. Y un caminito de vellos más discernibles entre las patillas y la quijada. No tengo que mirar el resto de mi cuerpo. Tengo pelos en las piernas, en los brazos, en el estómago, en la espalda baja. ¡En los pezones! Y en las axilas, claro. Y abundante pelo, rizado y oscuro, que me sale del cráneo y crece rápido, si lo dejo. Ahora lo tengo corto. Y me produce rabia, a mí, mujer cisgénero pero también identificada como queer, cuando me tratan con pronombres masculinos por ese detalle.
Soy una mujer peluda y por mi pelo me comunico con el mundo. Muy pronto en mi vida, absorbí las consideraciones dominantes respecto al pelo: las cabelleras podían ser hermosas o peculiares, ajustarse o desajustarse al canon, expresar diferencia o manifestar dolencias; pero los pelos en los cuerpos de mujeres, todos los pelos por debajo de la línea de los ojos, entraban en la categoría de lo desagradable. Los pelos devaluaban mi moneda de cambio, es decir, mi cuerpo femenino y feminizado. Entonces, sin resistencias, adopté el repudio y sus prácticas. Ocultar los pelos o eliminarlos. Ahora no encuentro la fuerza en mí misma para rebelarme de la normatividad capilar. Los pelos me debilitan, porque me obligan a una batalla incesante contra su persistencia. Tener tantos pelos parece, a veces, un castigo. Un signo de inferioridad. Un atentado contra el ideal de lo liso y lo pulcro. Una abominación o un accidente. Me causa sufrimiento, que combato con sufrimiento adicional, de otro orden: me rasuro con rastrillos que duran poco, o que irritan, o que me producen cortaduras, de leves a profundas; me arranco el pelo con cera ardiente que, al secarse, se despega de la piel con un tirón que provoca alaridos; decoloro con peróxido, que arde y da comezón y se siente pegajoso en la piel mientras actúa; inspecciono áreas pequeñas de piel como con lupa, raspando y pellizcando vellos enquistados, el folículo trozado a medias, imposible capturarlo entre las puntas chatas de una pinza demasiado gastada. Siempre algún pelo se malogra, siempre quedan cientos más, camuflados e inapresables. Me resisto al pelaje que sale de mi cuerpo como si se tratara de una invasión que debo mantener a raya, y es verdad que si alguna temporada de mi vida suprimo el sexo, las faldas, los cu erpos de agua, las blusas desmangadas, la cohabitación, entonces el bosque crece. Lo dejo que crezca.

Compartimos partes de nuestro contenido para que disfrutes y conozcas a DEXTROSE. ¿Queres leer la otra mitad del artículo? Reserve tu copia aquí.
Con amor,
DEXTROSE

PD. Si deseas apoyarnos de otra manera – compartir nuestro contenido en Instagram nos ayudará mucho para que llegamos a otras personas.

Close

Sign in

Close

Cart (0)

Cart is empty No products in the cart.